Por María Noelia Aráuz
JINOTEGA, Nicaragua, 31 ago (Xinhua) -- Entre montañas y caminos rurales de Jinotega, el silencio del campo cedió paso este fin de semana al sonido de acordeones, guitarras y voces campesinas. Decenas de familias se reunieron en la comunidad de Sarawaska para celebrar una tradición que, seis ediciones después, busca mantener viva una de las expresiones musicales más arraigadas del norte de Nicaragua: el Festival de Polkas, Mazurcas y Jamaquellos.
Más que una celebración popular, el encuentro se ha convertido en un espacio para preservar una identidad cultural frente al avance de los ritmos comerciales y las nuevas formas de consumo musical.
El festival fue dedicado a los Soñadores de Sarawaska, agrupación considerada legendaria en la región y que comenzó a recopilar y componer música folclórica en 1972, en el Valle de Sarawaska, en la comarca de Tomatoya, Jinotega.
"Los famosos soñadores, que surgieron en los inicios de los años 80, cantaron muchas canciones que hoy son históricas, que se han escuchado hasta a nivel internacional, con mucho contenido revolucionario, patriótico, raíces campesinas y muy originales, canciones muy lindas y muy originales que hoy las conocemos a nivel nacional", señaló Leónidas Centeno, alcalde de Jinotega.
Cada año, autoridades y músicos locales convocan a agrupaciones de distintas zonas de la región para participar en el festival, con el objetivo de estimular la creación, interpretación y difusión de la música campesina.
"Rescatamos la cultura propia originaria de la comunidad, de la familia, del campesino. La música campesina, aquella música que se sentaba el campesino con su guitarra en el corredor de su casa en la tardecita a cantar", agregó Centeno.
La agrupación Soñadores de Sarawaska en la actualidad sigue promoviendo la música regional norteña del país, recopilando piezas autóctonas y creando nuevas canciones.
"Cada año se van sumando más grupos nuevos, va viniendo más público de diferentes partes del país y, bueno, se va conociendo más Sarawaska y conociendo más también el apoyo a la cultura que está haciendo nuestro Gobierno", indicó Mercedes de Jesús Centeno López, integrante del grupo Soñadores de Sarawaska.
Las raíces de estas expresiones musicales se remontan al siglo XIX, cuando los pobladores de la región conocieron los bailes de salón introducidos por inmigrantes europeos. Las melodías fueron adoptadas y transformadas por las comunidades locales hasta dar origen a un particular mestizaje musical en el norte de Nicaragua.
La polka se caracteriza por su ritmo rápido y festivo y suele interpretarse con guitarra, guitarrón y acordeón. La mazurca, de origen europeo, adquirió en Nicaragua características propias y se convirtió en una danza alegre y elegante. El jamaquello, en tanto, es una expresión autóctona vinculada a la vida cotidiana del campo.
Las autoridades locales y nacionales promueven el festival como parte de los esfuerzos para preservar este patrimonio cultural inmaterial. En esta edición participaron más de 50 agrupaciones locales, entre tríos de guitarra y grupos de danza comunitaria.
"La composición que trajimos hoy está inspirada en el trabajo del día a día de todos los miembros de la comunidad norteña. Es una composición que narra el día a día de todos los que luchamos por el pan de cada día", explicó Amparo Monzón, integrante de uno de los dúos participantes.
La canción también evoca algunos de los símbolos naturales de la región, como el lago de Apanás, y reivindica la música como vehículo para mantener las tradiciones.
"La mazurca es un sentimiento que se vive y se siente con el alma", agregó Monzón.
El festival se desarrolló al aire libre en la Plazoleta Artística General Pedro Altamirano, ubicada en la comunidad de Sarawaska. Hubo presentaciones de danza típica por agrupaciones municipales, jóvenes con atuendos propios del norte, mientras el jurado evaluó a los músicos y reconoció a los destacados solistas, dúos, tríos y cuartetos.
Uno de los elementos centrales del encuentro fue la participación conjunta de músicos experimentados y jóvenes intérpretes.
El intercambio entre generaciones muestra que las polkas, mazurcas y jamaquellos no permanecen como expresiones del pasado, sino que continúan encontrando nuevos intérpretes y espacios de difusión.
En las montañas de Jinotega, el festival funciona así como un punto de encuentro entre memoria y presente: una celebración en la que las familias campesinas reivindican una música nacida de la mezcla cultural, transformada por generaciones y todavía vinculada a la vida cotidiana del campo.









