Por Patricio Giusto
Quienes conocemos China desde hace tiempo y tenemos la oportunidad de viajar con frecuencia solemos compartir el mismo asombro por la velocidad y magnitud de los cambios que ha ido experimentando de manera reciente este maravilloso país. Una forma muy sencilla de medir la velocidad de la transformación es volver a China luego de apenas un año y tratar de reconocer un lugar específico. Notaremos muchas cosas nuevas y otras que dejaron de existir, algo especialmente notable en las ciudades.
China experimenta un proceso cada vez más acelerado de transformación económica, con perfiles urbanos que mutan casi a diario. Todo el tiempo aparecen nuevas empresas, centros tecnológicos o estaciones de trenes de alta velocidad, a lo largo y ancho del país. No es una metáfora. Es la realidad de una nación que inició un impresionante proceso de reforma y apertura en 1978.
En un primer momento, el cambio se fue dando de manera lenta e imperceptible desde el exterior, incluso sufriendo retrocesos circunstanciales. Pero lo cierto es que esta dinámica de transformación ha ido adquiriendo nuevo impulso y velocidad con el correr de los años. Es un proceso que no tiene fin.
COMPARACIONES INSUFICIENTES PARA UN CASO ÚNICO
Los analistas internacionales suelen comparar el ascenso económico de China con el de Alemania, Japón o la República de Corea en la segunda mitad del siglo XX. Las comparaciones pueden resultar útiles, pero en el caso de China cualquier punto de referencia siempre parece insuficiente.
China está experimentando el cambio económico y social a una escala demográfica y geográfica sin punto de comparación en la historia, con éxitos muy tangibles. Es por ello que, para entender a la China del siglo XXI, debemos despojarnos de los preconceptos y las anteojeras ideológicas. Se trata de un país que demanda mucha humildad y gran apertura mental para ser comprendido.
La red ferroviaria de alta velocidad es quizás el ejemplo más visible: con más de 50.000 kilómetros operativos, China construyó en menos de dos décadas la infraestructura ferroviaria más extensa del planeta. Para quien llega desde Europa o América Latina, donde un tren de alta velocidad tarda décadas en evaluarse y realizarse, las cifras de China son simplemente inverosímiles.
Lo que sorprende al observador externo no es solo la cantidad de infraestructura construida, sino la ausencia de la degradación que típicamente acompaña al crecimiento rápido en otros contextos. Las ciudades chinas de nueva generación no tienen la informalidad caótica de otras megalópolis del mundo en desarrollo. Y el proceso está acompañado por una acelerada transición hacia las fuentes renovables de energía.
En China hay constancia y voluntad institucional de sostener el ritmo del desarrollo. Y lo más interesante, desde mi punto de vista, es la actitud de los ciudadanos, que respetan y cuidan ese entorno.
Siempre pongo el ejemplo de algo que puede parecer menor, pero que resulta ilustrativo: La impecable limpieza y el esmerado cuidado de las áreas verdes laterales en cada una de las calles, avenidas e incluso de las rutas y autopistas, de cualquier lugar de China. No importa el tamaño o ubicación de la ciudad en el mapa. Siempre se observará un nivel de cuidado de este aspecto que podría parecer secundario, pero que es un símbolo del estatus económico del país y también de la educación y el respeto de sus ciudadanos por la naturaleza y el entorno urbano.
UNA VANGUARDIA TECNOLÓGICA QUE NO DEJA DE ASOMBRAR
Si la infraestructura impresiona, la transformación tecnológica en China desconcierta aún más. China avanza hacia una economía 100 por ciento digital. El visitante occidental que busca un cajero automático o intenta pagar en efectivo en una gran ciudad descubre rápidamente que está operando con un sistema que ya no existe para el uso cotidiano. WeChat Pay y Alipay no son aplicaciones de pago: son verdadera infraestructura social. Desde estas convenientes apps se gestionan pagos de impuestos, contratos, trámites educativos, atención médica, movilidad, casi de cualquier cosa. Son el sistema operativo de la vida diaria de cientos de millones de personas.
En la movilidad urbana, el salto es igualmente radical. Las calles de las ciudades chinas no se parecen a las de ninguna otra ciudad del mundo, debido a la impresionante proporción de vehículos eléctricos, una parte de ellos autónomos. Se supone que esa realidad llegará en algún momento al resto del mundo. En China, el futuro siempre es hoy.
La robótica e inteligencia artificial (IA), en tanto, ya no son laboratorios experimentales. Son herramientas y servicios que ya están integrados en la vida diaria de los chinos. Se trata de un país que sacó a casi 800 millones de personas de la pobreza en los últimos 40 años, de acuerdo a cifras del Banco Mundial. Los robots y la IA coexisten con las personas, no solo en el ámbito industrial, sino en la vida cotidiana. Shenzhen, que en 1980 era una aldea pesquera de unos 30.000 habitantes, es hoy una de las capitales tecnológicas y financieras del mundo.
Pero este desarrollo, antes concentrado en las grandes ciudades costeras, también se ha extendido al interior. En 2024, pude comprobar la misma calidad de infraestructura y servicios públicos que en Shanghai en un lugar tan alejado como Lanzhou, en la provincia de Gansu, considerada históricamente una de las más pobres del país.
La realidad de este país, único por tantas razones, nos avasalla incluso a quienes lo conocemos y lo venimos estudiando desde hace tiempo.
Para comprenderla, China nos obliga al desafiante ejercicio de dejar de lado los marcos conceptuales e ideológicos elaborados en el siglo pasado y de repensarlo todo, todo el tiempo. Como el propio proceso de reforma y apertura, se trata de un ejercicio sin fin.
(Patricio Giusto es el director ejecutivo del Observatorio Sino-Argentino de la Fundación Nuevas Generaciones)
(Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no necesariamente reflejan la postura de la Agencia de Noticias Xinhua)








